Cristo murió y nosotros lo hemos crucificado
"Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado" Friedrich Nietzsche
Así escribe Nietzsche y muchos lo han tomado como la mayor expresión de su ateísmo, pero es necesario repensar lo que significa esta frase para nosotros los cristianos.
Como cristianos no podemos pensar que la muerte de Dios en la época moderna es un hecho que implica la desaparición de nuestra fe y nuestras convicciones, sino que expresa la necesidad urgente de volver a colocar a Dios en el primer lugar de nuestras vidas.
Dios ha muerto, efectivamente, cuando cada uno de nosotros a puesto en primer lugar los intereses personales y los sueños que dejan de lado a nuestros hermanos. Cómo cristianos no podemos vivir deliberadamente sin poner en primer lugar la vida de los demás, pues el mandato del amor nos compromete a reconocer en el otro el rostro de Dios.
Estamos creados a imagen y semejanza de Dios y por ello no podemos ver al otro como un ente sin valor, pues en el otro está la presencia de Dios ¡El otro es imagen de Dios! No podemos ignorar el rostro del que sufre. Cuando volteamos nuestra cara ante aquel que todos los días te pide una moneda o que sabes que necesita de tu ayuda estamos matando a Dios.
Para devolver la vida a Dios es necesario que devolvamos la vida a aquel que es desplazado por la sociedad y que matamos cada día con nuestra indiferencia. En mi experiencia dentro del reclusorio femenil Tepepan, muchas mujeres reciben visitas cada domingo pero solo algunas pocas reciben a familiares cercanos. La mayoría de las visitas son amigos o familiares no tan cercanos que realmente creen en su arrepentimiento.
Cuando estas mujeres cumplen su condena o salen bajo fianza, en su mayoría no tienen un lugar a donde ir, pues sus familiares las juzgan y se olvidan de ellas, sus hijos suelen tener vergüenza por sus delitos, aún cuando no lo hayan cometido.
En nuestra vida diaria intentemos devolver la vida a aquellos hermanos nuestros que hemos crucificado día a día con nuestra indiferencia. Volvamos a ser conscientes del dolor ajeno para poder ser conscientes de nuestra propia necesidad de Dios.
Podemos decir que éstas familias actúan de una mala manera, pero cuando las ex-reclusas buscan trabajo y quieren volver a su vida normal como sociedad las señalamos y les negamos cualquier tipo de oportunidad laboral y de aceptación dentro de nuestras

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