Hora Santa de la Divina Misericordia
Hora Santa de la Divina Misericordia
El próximo domingo celebraremos el Domingo de la Divina Misericordia, por lo cual, es bueno dedicar un momento de oración delante del Señor para pedirle el don de la Misericordia y también para aprender a ser nosotros misericordiosos con nuestros hermanos. De hecho, Él nos dice en el evangelio: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”, o también “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Pero al mismo tiempo, el Señor nos recomienda ser “misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso”. Abrimos nuestros corazones al Espíritu Santo para acoger sinceramente sus palabras y responder al Señor con prontitud y agradecimiento.
Canto
SALMO 50: MISERICORDIA, DIOS MÍO
R/. Misericordia, Dios mío, hemos pecado.
| Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. R/. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces. R/. En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente. Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre. R/. Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría. Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. R/. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa. R/. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. R/. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti. R/. Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. R/. Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. R/. Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos. R/. |
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como eran en un principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
Hemos escuchado el Miserere, una de las oraciones más célebres del Salterio, el más intenso y repetido salmo penitencial, el canto del pecado y del perdón, la más profunda meditación sobre la culpa y la gracia.
La tradición judía puso este salmo en labios de David, impulsado a la penitencia por las severas palabras del profeta Natán (cf. Sal 50,1-2; 2 S 11-12), que le reprochaba el adulterio cometido con Betsabé y el asesinato de su marido, Urías. Sin embargo, el salmo se enriquece en los siglos sucesivos con la oración de otros muchos pecadores, que recuperan los temas del «corazón nuevo» y del «Espíritu» de Dios infundido en el hombre redimido, según la enseñanza de los profetas Jeremías y Ezequiel (cf. Sal 50,12; Jr 31,31-34; Ez 11,19; 36,24-28).
Son dos los horizontes que traza el salmo 50. Está, ante todo, la región tenebrosa del pecado (cf. vv. 3-11), en donde está situado el hombre desde el inicio de su existencia: «Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (v. 7). Aunque esta declaración no se puede tomar como una formulación explícita de la doctrina del pecado original tal como ha sido delineada por la teología cristiana, no cabe duda que corresponde bien a ella, pues expresa la dimensión profunda de la debilidad moral innata del hombre.
Sin embargo, si el hombre confiesa su pecado, la justicia salvífica de Dios está dispuesta a purificarlo radicalmente. Así se pasa a la segunda región espiritual del Salmo, es decir, la región luminosa de la gracia (cf. vv. 12-19). En efecto, a través de la confesión de las culpas se le abre al orante el horizonte de luz en el que Dios se mueve. El Señor no actúa sólo negativamente, eliminando el pecado, sino que vuelve a crear la humanidad pecadora a través de su Espíritu vivificante: infunde en el hombre un «corazón» nuevo y puro, es decir, una conciencia renovada, y le abre la posibilidad de una fe límpida y de un culto agradable a Dios.
En el Miserere, encontramos una arraigada convicción del perdón divino que «borra, lava y limpia» al pecador (cf. vv. 3-4) y llega incluso a transformarlo en una nueva criatura que tiene espíritu, lengua, labios y corazón transfigurados (cf. vv. 14-19). «Aunque nuestros pecados afirmaba santa Faustina Kowalska- fueran negros como la noche, la misericordia divina es más fuerte que nuestra miseria. Hace falta una sola cosa: que el pecador entorno al menos un poco la puerta de su corazón... El resto lo hará Dios. Todo comienza en tu misericordia y en tu misericordia acaba». (M. Winowska, El icono del Amor misericordioso. El mensaje de sor Faustina, Roma 1981, p. 271).
Canto
Señor Jesús, tú has triunfado plenamente de todos tus enemigos. Resucitado, brillas más que el sol en el Reino del Padre y difundes tu Espíritu en la Tierra para renovar todas las cosas y hacer de nosotros una nueva creación.
¡Señor! Me alegro inmensamente de tu gozo y quiero vivir la vida nueva que Tú nos das. Quiero que mi vida sea testimonio de tu Resurrección. Rey celestial, dame parte en tu gloria. Amén.
Porque has salido triunfador del sepulcro.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Porque has sido coronado de gloria por el Padre.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Porque abres a todos los muertos las puertas del Cielo.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Porque nos mereces y nos mandas el don del Espíritu.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Porque ves derrotados a todos tus enemigos.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Porque nos das la Paz, la Paz de tu Reino.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Porque aniquilas el pecado y la muerte.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Porque la muerte ya no te dominará jamás.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Porque eres el Rey inmortal de los siglos.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Porque eres nuestra vida y resurrección.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Porque escondes nuestra vida en Dios.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Porque nos haces gustar ya las delicias del Cielo.
— ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Señor Jesús, ¡aleluya, honor y gloria a ti por los siglos! Los tronos de los reyes se derrumban, pero tu trono permanece para siempre. Yo me gozo de tu gloria, y te pido con tu apóstol Pablo que, habiendo resucitado contigo, contigo lleve una vida escondida en Dios.
Canto
Del Evangelio según San Juan. 20,24-29.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor". Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré".
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y Tomás con ellos. Se presentó Jesús estando las puertas cerradas, y dijo: "La paz con ustedes". Luego dice a Tomás: "Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente". Tomás le contestó: "Señor mío y Dios mío". Le dice Jesús: "Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído".
PALABRA DEL SEÑOR.
Conocemos bien esa página del Evangelio en la que Juan nos narra las dos primeras apariciones de Jesús a los apóstoles. En la segunda de ellas se dirige a Tomás, el simpático y testarudo descreído: "¡Ven aquí! Mete tu dedo y comprueba mis manos. Acércate, y mete tu puño en mi costado abierto".
Para nosotros, estas palabras no son un cariñoso reproche, sino una invitación amorosa de nuestro querido Salvador para adentrarnos en lo más íntimo de su ser, para recostar nuestra cabeza en su pecho, como lo hizo en la Última Cena el discípulo más querido, a fin de sentir los latidos de su amante Corazón.
Jesús da una importancia grande a este gesto de sus llagas, pues ya en la primera aparición a los apóstoles "les mostró las llagas y el costado". El resultado fue que "los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor", al mismo tiempo que Jesús dejaba escapar por esas llagas gloriosas el máximo regalo que podía hacerles: "Reciban el Espíritu Santo".
Las llagas del Resucitado se convertían en motivo poderoso de fe: "¡Dichosos los que creen sin ver!", les dice Jesús. Nosotros, sobre todo en la Eucaristía, cuando nuestros ojos contemplan la Sagrada Hostia levantada sobre nuestras frentes extáticas, decimos con los labios silenciosos, pero con el corazón a gritos: "¡Señor mío y Dios mío!".
Silencio
Canto
Preces
Cristo Resucitado vive para siempre. Un mundo nuevo ha comenzado con Él. Por eso le decimos a Dios:
Queremos vivir la vida nueva, que es vida eterna.
Por los cristianos que viven tristes y sin ilusión, rogamos: que todos descubran que el mensaje de Cristo es una proposición de vida, de amor, de alegría y de esperanza.
Por los pueblos en desarrollo, a fin de dejen atrás la esclavitud injusta de un vivir pobre, y logren una vida digna de la resurrección de Cristo, que renovó todas las cosas.
Por nosotros mismos, que creemos tan firmemente en la presencia del Resucitado en la Santa Hostia, para que el Señor conserve y acreciente nuestra fidelidad inquebrantable.
Por nuestros queridos difuntos, que todos ellos, Señor, terminada pronto su purificación, gocen de los esplendores de tu Resurrección gloriosa.
Oremos.
Oh, Dios eterno, cuya misericordia es infinita y el tesoro de compasión inagotable; dirige hacia nosotros tu mirada bondadosa y aumenta tu misericordia hacia nosotros, para que en los momentos difíciles no desesperemos, no nos desalentemos, sino que, con gran confianza, nos sometamos a tu santa voluntad, que es el amor y la misma Misericordia. Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo. Amén.
En el siguiente espacio puedes descargar el documento.

Comentarios
Publicar un comentario