La misericordia como expresión de nuestra fe
Misericordia viene del latín miser que quiere decir miserable o desdichado y cor, cordis que quiere decir corazón, entendiéndose así como: sentir en el corazón la desdicha o miseria del otro.
El Cristiano debe tener la misericordia como punto central de su existencia y de su evangelización. Nadie que se haga llamar cristiano puede actuar sin tener en cuenta la propia miseria del corazón. Cuando un cristiano desea desde su propia existencia hacer vida el Evangelio de Cristo, está aceptando vivir en y por misericordia.Debemos entender entonces la misericordia como el ejercicio de la fe, pues por fe creemos y actuamos conforme al mandato de Cristo de amar al prójimo como a uno mismo. En Jesús encontramos muchas veces este aspecto, sin embargo, nos centraremos en una de las perícopas que atienden a nuestra reflexión la curación del siervo del centurión.
Evangelio según san Lucas (7, 1-10)
Cuando hubo acabado de dirigir todas estas palabras al pueblo, entró en Cafarnaúm. Se encontraba mal y a punto de morir un siervo de un centurión, muy querido de éste. Habiendo oído hablar de Jesús, envió donde él unos ancianos de los judíos, para rogarle que viniera y salvara a su siervo.
Estos, llegando donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: «Merece que se lo concedas, porque ama a nuestro pueblo, y él mismo nos ha edificado la sinagoga.» Iba Jesús con ellos y, estando ya no lejos de la casa, envió el centurión a unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: "Vete", y va; y a otro: "Ven", y viene; y a mi siervo: "Haz esto", y lo hace.» Al oír esto Jesús, quedó admirado de él, y volviéndose dijo a la muchedumbre que le seguía: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande.» Cuando los enviados volvieron a la casa, hallaron al siervo sano.
Palabra del Señor.
El último versículo de este pasaje nos presenta el punto central de este encuentro: la fe. El centurión acude a Jesús pidiendo la salud para uno de sus criados más queridos, Jesús atiende a esta súplica y va a la casa de éste, sin embargo, el centurión envía a unos mensajeros para decirle a Jesús que no era necesario acudir hasta su hogar, sino que bastaba con que dijera una palabra y se cumpliría, pues creía y aceptaba la autoridad de Jesús. Entonces Jesús alaba a este romano por su fe y lo pone como ejemplo a todo Israel.
La fe es para nosotros, según lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica (N° 1814): "Es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma." Encontramos en la fe el vehículo por el cual el cristiano vive según la voluntad de Dios y obra conforme a ésta misma voluntad.
El apóstol Santiago da una importante directriz para vivir conforme a la fe: "La fe sin obras está muerta" (St 2, 26). La fe no es algo que se adquiere por esfuerzos humanos, pues las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) "son infundidas por Dios en el alma de los fieles" (CIC N° 1813), sino quees la acción del Espíritu Santo que impulsa el actuar humano, por lo que no se puede decir que se tiene fe si no se obra.
Así es como entendemos la tercera de las virtudes teologales: la caridad. La caridad "es la virtud teologal amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios" (CIC N° 1822). Podríamos pensar que la fe es la primera de las virtudes, sin embargo, san Pablo en su carta a los Corintios (1 Co 13, 13) expresa firmemente que de la fe, la esperanza y la caridad, la mayor es la caridad. ¿Por qué es mayor la caridad? Porque la práctica de la caridad es la expresión de todo el mensaje de Cristo y de nuestra fe como cristianos e incluso de seres humanos.
Existen hoy en día personas que ejercitan la caridad incluso sin conocer el mensaje de Cristo, pues el hecho de estar prestos a ayudar a quien lo necesita no es solo un fruto de la fe y del encuentro con Cristo, sino también de saber reconocer nuestra condición humana.
En el texto de san Lucas que hemos leído se resalta la fe del centurión, fe que nos muestra tres aspectos necesario para un verdadero encuentro de misericordia con Cristo y con los hermanos:
- La actitud humilde
- Reconocimiento de nuestra condición humana
- La confianza plena en la palabra de Jesús
El centurión no envía a algún grupo de soldados armados, sino que envía a los más sabios de la comunidad para que ellos den testimonio de su propia afinidad con los judíos. Cuando se acerca a su casa impide que Jesús entre, pues sabe que los judíos no pueden entrar en su casa y mucho menos el mesías, entonces envía a unos amigos con un mensaje "di una palabra tuya y bastará para que él sane".
El que ora no debe presentarse con una actitud arrogante ante Dios, sino que debe estar en una actitud de completa humildad y sumisión ante aquél que dispone de nuestras vidas. No debe ser una actitud egoísta, sino un encuentro que involucre a las necesidades del otro. Una oración que solo responde a las necesidades egoístas no es una oración hecha con amor.
Para poder presentarnos ante Dios debemos reconocernos como creaturas finitas que necesitan de su creador. Nuestra condición humana nos tiene sujetos al pecado y el egoísmo, por eso recurrimos a la fuente del amor y el perdón para nutrirnos y poder ser así repetidores de estas gracias divinas.
Cuando aceptamos nuestra condición humana reconocemos las condición humana de los demás. Cuando reconocemos nuestra miseria reconocemos la miseria de los demás y la hacemos nuestra. Cuando reconocemos nuestro pecado y nos sentimos perdonados por Dios, aceptamos el pecado del otro, reconocemos que Dios lo perdona y está en nuestras manos el saber perdonarlo.
Si reconocemos nuestra condición humana, estamos reconociendo a Dios como creador. Aquel que reconoce a su creador está aceptando su palabra y Cristo es la palabra (Jn 1, 1 y ss.). Está en nosotros en confiar en la palabra de Jesús que dice "Vengan a mi los que estén cansados y agobiados que yo los aliviare" (Mt 11, 28). Si no confiamos que Jesús es la respuesta a todas nuestras dificultades y problemas no estamos actuado con verdadero amor de Dios, porque entonces depositaremos nuestra fe en las cuestiones humanas.
Que este tiempo de cuaresmas nos ayude a reflexionar sobre nuestra propia fe en Cristo Jesús. ¿Acaso mi fe es desinteresada, genuina, absoluta y humilde?
Que el Señor nos conceda paz y salud.

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