La oración como encuentro con el otro

 

La oración como encuentro con el otro

La oración como fundamento de acción nos lleva a tener un encuentro vivo con Cristo en el otro. Cuando oramos nos convertimos en seres que se transportan de este mundo a una realidad plena y compleja que nos lleva a emprender un camino aún más difícil de comprender: la realidad.

Cuando nuestra vida de oración se ve afectada por pequeñas plagas internas causadas por los problemas, no logramos convertirnos en puentes o barcas que nos ayuden a ser instrumentos de salvación para los otros, sin embargo, cuando somos puentes sólidos y barcas estables logramos conectar a las personas de un lado con el otro, podemos también conectarnos con aquellos que van en nuestro interior buscando nuevos caminos.

Como seres de comunicación logramos hablar solamente con aquello que somos capaces de aprehender, pero en nuestra vida diaria existen tantos mensajes como cosas hay. Cuando intentamos conectarnos con aquello que no podemos entender creamos en nuestro interior un mecanismo que nos lleva a dos cosas:

  • Lograr una conexion con la creación, que seguidamente nos lleva a entender cuanto Dios nos habla en lo que ha creado en su infinito amor favoreciendo asi nuestro encuentro con nuestro yo interno que nos impulsa a transmitir esta misma relaciñon con aquello que nos rodea
  • Adentrarnos tanto en aquello que logramos entender y racionalizar todo cuanto oramos que nos olvidamos de esta realidad tan humana que vivimos en una burbuja de razón que nos impide conectarnos con los sentimientos aquel otro.

La oración debe funcionar como el medio que permite al espíritu el encontrarse con aquello que le rodea (creación) y con aquello que es su par y que igual que él tiene sentimientos y necesidades que como par puede ayudar a remediar (prójimo).

Si la oración no logra convertirse en vida difícilmente una persona puede desarrollar una espiritualidad verdadera, pues una espiritualidad se refleja en las acciones cotidianas del individuo. Cuando realizamos nuestras acciones diarias y gozamos de una espiritualidad bien cimentada, todo lo que hacemos lleva impregnado nuestro espíritu y la paz que gozamos en nuestra relación con Dios.

Como cristianos todo lo que hacemos debe llevar la huella del Evangelio, pues, como en Hechos de los Apóstoles, nuestra señal debe ser el amor que dejamos en la vida de los demás.

Pidamos al Señor cada día que nos permita la gracia de vivir más plenamente nuestra oración, para que así podamos poner en practica las obras de misericordia con aquellos que más nos necesitan.

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